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domingo, 15 de septiembre de 2013


            Llevamos largos días de melosos programas de TV. Entrevistas. Columnas. Suena Depeche Mode. Enjoy the silence.

            La política trasciende, emociona. Han pasado 40 años desde la interrupción democrática llevada adelante por las Fuerzas Armadas y de Orden. ¿Motivos? Todos sabemos lo que nos han contado, pero también tenemos derecho a interpretar lo que se nos dice. El Gobierno del Presidente fue un mal Gobierno, por donde se lo analice. Me cae bien Allende.

            Imagino los días previos. Siempre tengo una imagen nublada de esos días. Aún no nacía. Pero cada vez que miro la televisión, leo un libro o algún registro histórico de la época me da la impresión de una “borrachera política”, de una tergiversación democrática, de un falso poder popular (siempre han mandado los de siempre). Hoy me toca estar sentado frente al computador pensando algo que decir sobre el tema, y claro, no se me ocurre nada más de que decir: ¡basta!

            La editorial de este número habla de “matar al padre”. Estimo que Chile merece una reparación histórica. El golpe de Estado propinado por las armas (e impulsado por los poderosos de siempre) dejó muchas víctimas, pero la farra democrática también. La izquierda no es mejor que la derecha. La derecha en ningún caso es mejor que nada. En definitiva, los conservadores de siempre no nos llevarán a ninguna parte.

            Este es un diario que pretende remover cabezas. Es el momento de que en las universidades comience a existir política, pero la de verdad. La de la discusión, conversaciones, consensos y acuerdos. No la de las tomas cobardes y “revoluciones” de mentira. Llegó el tiempo de que los jóvenes de hoy y responsables de mañana se hagan cargo de la palabra sagrada: la libertad. Sólo en libertad seremos capaces de guiar nuestras vidas en un terreno democrático que permita la construcción de un nuevo espacio público.

            Estimados: nunca más.

            Sigo disfrutando del silencio.


Javier Tobar



lunes, 5 de agosto de 2013


Por: Eduardo Faúndez

La política universitaria lleva años navegando por un mar revuelto, donde pocos y diestros pescadores se han llenado sus botes de peces perdidos y obnubilados por discursos cruzados. Poco dista este escenario de lo que sucede en la política “de grandes”, aquella que se hace “en serio”, pero no seriamente. Se replican los modelos y las prácticas. Cada pandilla, en uno u otro nivel, se vale de su número de votos obtenidos como capital endosable al candidato de turno, sin ser en la práctica, voces consideradas en la  confección de un proyecto político en común y viable.

Algunos de los últimos eventos lo han demostrado. Al repudio desaforado que el órgano superior representativo expresó ante un curtido profesor, el desorden  y desastre material dejado por las tomas en algunas facultades y escuelas una vez bajadas, se suma el silencio cómplice de algunos sectores que llevan años planteando en cada instancia que acuden la apolitización o despolitización del quehacer universitario. Unos ya salieron a pescar con poco éxito, otros esperan recoger lo que bote la ola luego del temporal.

¿Qué los hace semejantes? La falta de responsabilidad política sobre sus actos y omisiones. La política y todo quehacer en un espacio social, no sólo se aprecia en el ejercicio de la libertad de decidir qué hacer o no, cimentando la identificación de “los otros” con un ideal “propio” formado por aquellas decisiones circunstanciales, sino también que una vez tomadas y ejecutadas ellas, se debe asumir cabeza gacha sus efectos y consecuencias, bien o mal tomadas por igual, sin derecho a reclamo ni pataleo.

El indispensable escrutinio público sobre las acciones y omisiones que los principales líderes políticos universitarios de hoy ha sido inexistente, y si es que ha existido, se ha bien camuflado en la parafernalia de una avalancha excesiva de discursos, marchas y banderas vistosas. El mayor desprestigio de este movimiento, en el fondo, no ha venido de los frecuentes incidentes y desmanes callejeros, sino de la poca consistencia y perseverancia de sus líderes en la búsqueda de nuevas formas de movilización responsable que marquen la diferencia respecto a una forma de hacer política ya cansada y añeja, esa que ellos mismos critican. La dirigencia política universitaria requiere de lo mismo que exige: mayor transparencia en la administración y gestión financiera, mecanismos de control imparcial permanente, perfeccionar el sistema de elección de los representantes e incluso transparencia en el financiamiento de las campañas a centros de estudiantes y federaciones.

Dos puntos deberían convocar a nuestra reflexión. El primero, la inexistente intención de asumir su responsabilidad de los actores políticos dentro de las universidades, como también el nulo reproche que los estudiantes votantes expresan ante prácticas que siguen intactas a pesar de que varias generaciones de dirigentes hayan pasado, sin pena ni gloria. Y segundo, quizás lo más importante y de fondo, la incapacidad de todo el espectro universitario de repensar los modos en que se presentan las legítimas demandas de los legítimos movimientos.

El fracaso ha sido de todos, de los votantes y de los votados. Optimista espero que algún día no digamos, como lo dijo alguna vez George Bernard Shaw, que “la democracia sustituye la elección por parte de muchos incompetentes por la designación a cargo de unos pocos corruptos.”.  Si buscamos la innovación en la política, los jóvenes tenemos biológicamente el espíritu de iniciarla. Rescatar del naufragio a la democracia universitaria depende de todos. ¿hagámonos responsables de ella?  Acción!

martes, 25 de junio de 2013

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Sea cortés, ande con cuidado, eduquese lo mas que pueda, respete para que lo respeten, y que Dios nos ampare.