Por: Eduardo Faúndez
La
política universitaria lleva años navegando por un
mar revuelto, donde pocos y diestros pescadores se han llenado sus botes de peces perdidos y obnubilados por
discursos cruzados. Poco dista este escenario de lo que sucede en la política
“de grandes”, aquella que se hace
“en serio”, pero
no seriamente. Se replican los modelos y las prácticas. Cada
pandilla, en uno u otro nivel, se vale de su número de votos obtenidos como capital endosable al candidato de turno, sin ser en la práctica, voces consideradas en la confección de un proyecto político en común y viable.
Algunos de los últimos eventos lo han demostrado. Al
repudio desaforado que el órgano superior representativo expresó ante un curtido profesor, el desorden y desastre material dejado por las tomas en algunas facultades y escuelas una vez bajadas, se suma el
silencio cómplice de algunos sectores que llevan años planteando en cada instancia que acuden la
apolitización o
despolitización del quehacer universitario. Unos ya salieron a pescar
con poco éxito, otros esperan recoger
lo que bote la ola luego del temporal.
¿Qué los hace semejantes? La falta de responsabilidad política sobre sus actos y omisiones. La política y todo quehacer en un espacio social, no sólo se aprecia en el ejercicio de la libertad de decidir qué hacer o no, cimentando la identificación de “los otros” con un ideal “propio” formado por aquellas decisiones circunstanciales, sino también que una vez tomadas y ejecutadas ellas, se debe asumir cabeza gacha sus
efectos y consecuencias, bien o mal tomadas por igual,
sin derecho a reclamo ni pataleo.
El indispensable escrutinio público sobre las acciones y omisiones que los principales líderes políticos universitarios de hoy ha sido
inexistente, y si es que ha existido, se ha bien camuflado en la parafernalia de una avalancha excesiva de
discursos, marchas y banderas vistosas. El mayor desprestigio de este movimiento, en el fondo, no ha venido de los frecuentes incidentes y desmanes callejeros, sino de la
poca consistencia y perseverancia de sus líderes en la búsqueda de nuevas formas de movilización responsable que marquen la diferencia respecto a una forma de hacer política ya cansada y añeja, esa que ellos mismos critican. La dirigencia política universitaria requiere de lo mismo que exige:
mayor transparencia en la administración y gestión financiera, mecanismos de
control imparcial permanente, perfeccionar el sistema de
elección de los representantes e incluso
transparencia en el financiamiento de las campañas a centros de estudiantes y federaciones.
Dos puntos deberían convocar a nuestra reflexión. El primero, la inexistente intención de asumir su
responsabilidad de los actores políticos dentro de las universidades, como también el
nulo reproche que los estudiantes votantes expresan ante prácticas que siguen intactas a pesar de que varias generaciones de dirigentes hayan pasado, sin pena ni gloria. Y segundo, quizás lo más importante y de fondo,
la incapacidad de todo el espectro universitario de repensar los modos en que se presentan las legítimas demandas de los legítimos movimientos.
El
fracaso ha sido de todos, de los votantes y de los votados. Optimista espero que algún día no digamos, como lo dijo alguna vez
George Bernard Shaw, que
“la democracia sustituye la elección por parte de muchos incompetentes por la designación a cargo de unos pocos corruptos.”. Si buscamos la innovación en la política, los jóvenes tenemos
biológicamente el espíritu de iniciarla. Rescatar del naufragio a la democracia universitaria depende de todos. ¿hagámonos responsables de ella?
Acción!