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lunes, 19 de agosto de 2013



Por: Eduardo Faúndez

Corrientemente los candidatos a cualquier cargo dentro del abanico de posibilidades que ofrece nuestro sistema político, presentan en tiempos de campaña impecables folletos en los cuales detallan sus propuestas, sus proyectos, sus promesas. Es cosa de ir a una feria libre una mañana de fin de semana, seguramente salgamos con más de uno en las manos.
La primera etapa de estas presidenciales tuvo algo de lo descrito. La generalidad de los candidatos expuso, ya sea en sus campañas o en los debates televisados, una parte de sus propuestas en los distintos ámbitos, destacando, sin lugar a dudas, las respuestas a la serie de conflictos valóricos por los cuales pasa el país hoy. Los ojos y oídos del electorado estuvieron puestos en las posturas que ellos asumen en temas como el aborto, las drogas, el matrimonio entre homosexuales, entre otros.

En resumen, los otrora candidatos de la derecha y Orrego mantuvieron una tibia visión sobre estos puntos, siguiendo con los criterios que históricamente los partidos que los respaldan tienen. Mientras Orrego aullaba que ser católico no es una inhabilidad para discutir temas valóricos, la derecha negaba toda posibilidad de avanzar en modificar algunas de las regulaciones indicadas, salvo el ya célebre AVP o AVC.

Por otro lado, no es desconocido que el único candidato que tuvo una postura radical y consistente en estos temas fue Velasco. Cada una de sus propuestas en estas materias no estaban sujetas a regateos ni a letras chicas: matrimonio igualitario con posibilidad de adopción, aborto en caso de violación, eugenésico y terapéutico, despenalización y autocultivo de la marihuana. El ex ministro de Hacienda se sumó en su campaña a la causa en el que algunos ya llevamos tiempo, la causa de las libertades públicas.

¿Y Bachelet? Era de suponer que la representante de la centro izquierda institucional y amplia, “progresista” y moderada, plantearía similares propuestas a las de su ex ministro, pero no fue ni es así. Basta con revisar su página web para darse cuenta, luego de una búsqueda exhaustiva entre sus escasos planteamientos, que poco y nada hay de aquella llamada “agenda valórica”, salvo una propuesta de una nueva ley de culto, que no sé qué conflicto vendrá a solucionar en concreto. En este panorama, no sólo es reprochable que Bachelet lleve, sin vergüenza, una campaña “del silencio” en gran parte de los temas que son objeto de debate en una presidencial, sino también, en especial, que no se manifieste respecto a ninguno de los tres temas valóricos indicados, por lo cual debemos entender que impera su “paso” y “no está en mi programa” sin restricciones.

¿Cómo deberíamos entender este silencio? ¿Qué hay detrás de la omisión de planteamientos que llevan años en las portadas nacionales? O siendo más concreto, ¿Qué pensará Bachelet y su comando sobre aquella niña de 12 años que siendo violada por su padrastro ahora será madre sin estar preparada emocionalmente para ello? Silencio, un silencio que incluso se escucha.

Bachelet en esta pasada no juega ni con la camiseta que muchos de nosotros rechazarían, el conservadurismo. Peor que eso, juega con el silencio, con la omisión, con la incertidumbre y la vacilación. Bachelet ni siquiera entra al debate de estas libertades públicas, para muchos tan necesarias. No las acepta, ni las rechaza, no las defiende, ni las limita, no merecen ni siquiera una línea en su escrito de programa de gobierno. Nefasto y petulante. La candidata ni un guiño hace a la facción liberal de la ex o actual concertación, aquella que en parte votó por Velasco, demostrando que, con los porcentajes actuales, basta y sobra.

Las razones del silencio son claras y la candidata lo sabe. Su mutismo selectivo se explica por el 73,06% obtenido dentro de las primarias de la Nueva Mayoría. Moverse dentro de las propuesta liberales y/o progresistas significa perder votos de sus principales votantes, la clase media baja y los adultos mayores, dominantes dentro del padrón electoral en donde ese voto en más reacio a cambios valóricos. Tales votantes se preocupan, y con justa razón, de propuestas que concretamente constituyan una mejora económica en sus vidas.
En este escenario es evidente la muy poca vocación de mayoría ideológica y cualitativa que tiene este refrito de la Concertación, aquel que, revisando el equipo económico del comando, sólo eso tiene de liberal. El emblema de la Nueva Mayoría no tiene ánimos de mayoría, padeciendo un “sedentarismo político-electoral”.


Repitiendo, en parte, una pregunta antes planteada, ¿Qué les diría Bachelet a aquellas niñas que producto de una violación quedan embarazadas y que el Estado obliga, bajo amenaza de castigo, a parir al hijo de su agresor, condenándolas posiblemente a la temprana pobreza? El silencio, para ellas, no es una respuesta ni menos una solución.

lunes, 5 de agosto de 2013


Por: Eduardo Faúndez

La política universitaria lleva años navegando por un mar revuelto, donde pocos y diestros pescadores se han llenado sus botes de peces perdidos y obnubilados por discursos cruzados. Poco dista este escenario de lo que sucede en la política “de grandes”, aquella que se hace “en serio”, pero no seriamente. Se replican los modelos y las prácticas. Cada pandilla, en uno u otro nivel, se vale de su número de votos obtenidos como capital endosable al candidato de turno, sin ser en la práctica, voces consideradas en la  confección de un proyecto político en común y viable.

Algunos de los últimos eventos lo han demostrado. Al repudio desaforado que el órgano superior representativo expresó ante un curtido profesor, el desorden  y desastre material dejado por las tomas en algunas facultades y escuelas una vez bajadas, se suma el silencio cómplice de algunos sectores que llevan años planteando en cada instancia que acuden la apolitización o despolitización del quehacer universitario. Unos ya salieron a pescar con poco éxito, otros esperan recoger lo que bote la ola luego del temporal.

¿Qué los hace semejantes? La falta de responsabilidad política sobre sus actos y omisiones. La política y todo quehacer en un espacio social, no sólo se aprecia en el ejercicio de la libertad de decidir qué hacer o no, cimentando la identificación de “los otros” con un ideal “propio” formado por aquellas decisiones circunstanciales, sino también que una vez tomadas y ejecutadas ellas, se debe asumir cabeza gacha sus efectos y consecuencias, bien o mal tomadas por igual, sin derecho a reclamo ni pataleo.

El indispensable escrutinio público sobre las acciones y omisiones que los principales líderes políticos universitarios de hoy ha sido inexistente, y si es que ha existido, se ha bien camuflado en la parafernalia de una avalancha excesiva de discursos, marchas y banderas vistosas. El mayor desprestigio de este movimiento, en el fondo, no ha venido de los frecuentes incidentes y desmanes callejeros, sino de la poca consistencia y perseverancia de sus líderes en la búsqueda de nuevas formas de movilización responsable que marquen la diferencia respecto a una forma de hacer política ya cansada y añeja, esa que ellos mismos critican. La dirigencia política universitaria requiere de lo mismo que exige: mayor transparencia en la administración y gestión financiera, mecanismos de control imparcial permanente, perfeccionar el sistema de elección de los representantes e incluso transparencia en el financiamiento de las campañas a centros de estudiantes y federaciones.

Dos puntos deberían convocar a nuestra reflexión. El primero, la inexistente intención de asumir su responsabilidad de los actores políticos dentro de las universidades, como también el nulo reproche que los estudiantes votantes expresan ante prácticas que siguen intactas a pesar de que varias generaciones de dirigentes hayan pasado, sin pena ni gloria. Y segundo, quizás lo más importante y de fondo, la incapacidad de todo el espectro universitario de repensar los modos en que se presentan las legítimas demandas de los legítimos movimientos.

El fracaso ha sido de todos, de los votantes y de los votados. Optimista espero que algún día no digamos, como lo dijo alguna vez George Bernard Shaw, que “la democracia sustituye la elección por parte de muchos incompetentes por la designación a cargo de unos pocos corruptos.”.  Si buscamos la innovación en la política, los jóvenes tenemos biológicamente el espíritu de iniciarla. Rescatar del naufragio a la democracia universitaria depende de todos. ¿hagámonos responsables de ella?  Acción!

Sea cortés, ande con cuidado, eduquese lo mas que pueda, respete para que lo respeten, y que Dios nos ampare.